No te quieren
Vivimos en una sociedad, no ya de desamor, sino de desprecio o lo que es peor, de indiferencia. Por todos lados recibimos una y otra vez el mismo mensaje: No eres querido, sobras. Y especialmente los que representan una carga social, generando una nueva casta social de desarraigados y sobrantes: Los descartables. Son los excluidos de lo que el Papa Francisco denomina la cultura del descarte.
Vivimos en una cultura de la muerte que ha reemplazado a la cultura de la vida. está No somos queridos en todos los ámbitos de nuestra vida:
- Padres. En 2023, hay siete divorcios por cada diez matrimonios. Más de la mitad de esos divorcios afectan a familias con hijos dependientes de sus padres. Lo sé: cuando dos padres se separan, el objetivo no es transmitirle a su hijo que se divorcian porque no le quieran. Pero otra cosa es el mensaje que reciba el niño. De hecho, una parte de ese mensaje lo puede captar cualquiera: un matrimonio fracasado es un hogar donde no ha arraigado el amor. Y eso retumba, y hace temblar, a cuantos formaban el hogar.
- Hijos. Los hijos no son queridos ni deseados. Se impide su concepción con todos los medios anticonceptivos a nuestro alcance. La tasa de natalidad baja hasta extremos irrecuperables.
- Asesinato fetal. La cosa se complica, también dentro de la familia, si recordamos que, de cada cinco embarazos en España, hoy más de uno termina en aborto. Incluso para los niños, hoy jóvenes, que sí que llegaron a nacer, el mensaje que les transmite una sociedad abortista es claro: tú estás ahí porque te dimos el visto bueno. Pero si hubiésemos decidido que no merecía la pena que vieras la luz de este mundo, tú no estarías entre nosotros, y todo estaría igual de bien.
Cierto es que si te pones a trabajar, produces, pagas impuestos, tasas y cotizaciones, el mensaje de lo poco querido que eres, chico del siglo XXI, podría cejar un tanto; pero ¡cuidado! Basta con que caigas en una enfermedad crónica, irreversible, ¡una enfermedad muy cara!, basta con que dejes de ser un ingreso y te conviertas en un grueso gasto, para que una funcionaria te visite un día de estos. Y te recuerde, amable, que si quieres el Estado podría matarte. Le pasó hace poco a Jordi Sabaté, paciente de ELA, y nos lo contó.
La sociedad de la sospecha. La guerra de los sexos
Son muchos más los mensajes de desprecio que se redoblan ante nuestros jóvenes:
- Si eres una chica, hay toda una horda patriarcal de hombres salvajes que sólo quieren oprimirte y aprovecharse de tu feminidad.
- Si eres un chico, hay toda una horda hembrista de mujeres resentidas que están esperando agazapadas en la oscuridad para saltar a degüello en cuanto sueltes la más mínima inconveniencia que pudiera ser esgrimida contra ti en el primer tribunal de guardia.
- Pero si tu autocensura no es suficiente, que sepas que tu derecho a la presunción de inocencia fue eliminado bajo la sospecha de que siempre serás un violador en potencia y eso te deslegitima de base para siempre.
- En esta esquizofrenia social en la que se nos inoculan pensamientos mágicos y fantasiosos con el fin de alterar nuestra percepción de la realidad y así poder manipularnos mejor, no sólo estamos en jaque por razones externas de lucha intersexuales, sino que también estamos en luchas internas porque tampoco queremos a nuestro cuerpo. De nada sirve que sólo existan dos sexos. El hardware no es vinculante. Lo que realmente importa es el software, el género. El vaticano de la neoligión de estado laicista ha decretado que hay 112 géneros a elegir.
Antes no era así
Yo recibí sin embargo un mensaje muy diferente en casa: que yo poseía un valor inmenso, imponderable, y que eso ya me sucedía incluso antes de nacer.
Crecí en un mundo en que todos (mi familia y mis amigos, pero también mis médicos y los que hacen las cuentas en cualquier hospital) daban por supuesto que mi vida era preciosa.
Hoy los poderes te observan como una carga que hay que reducir. Y para ello, implementan todo tipo de mecanismos reductores de la población. Y a los supervivientes, mientras produzcan, serán tolerados siempre dentro de un entorno de decrecimiento. Pero cuidado, en cuanto consuman más que produzcan será legítimo librarse de la carga. En el colmo del cinismo, se pondrá de relieve la moralidad solidaria y ecologista digna de elogio público.
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